Dra Janitzio Lopez Ruiz. Pediatra.
—¿En qué piensas? —le pregunté.
—En cosas sin importancia —respondió. —¿Quieres contarme algo? —No tengo nada que decir.
Seguí ordenando su cuarto y, casi sin pensarlo, empecé a bailar con la mascota de la casa. Mi pequeño adolescente soltó una risa entre dientes y, al poco rato, terminó uniéndose al baile. Al final, hablamos de esas “cosas sin importancia” que él decía.
Nunca imaginé que la adolescencia sería tan desafiante. Aún recuerdo mi baby shower, cuando recibí tantos consejos para cuando naciera… pero nadie me dijo cómo sería acompañarlo en esta etapa.
No existe un “baby shower” para esta etapa, ni una reunión de bienvenida con amigas o madres más expertas en el tema. La adolescencia llega silenciosa, hasta que un día nos topamos con ese témpano de hielo que, por momentos, parece desconocido.
Ya no es un bebé —y lo deja claro porque no quiere que lo trates como tal—, pero tampoco es aún un adulto independiente. Es un ser en construcción que necesita dirección, un puerto donde llegar, sombra para refugiarse y, sobre todo, amor… ese amor que le recuerde que equivocarse también es parte de crecer.
Tan importante como las consultas médicas de la infancia, la adolescencia también requiere espacios de orientación. Un acompañamiento donde se valore su crecimiento físico y emocional, y se refuercen hábitos de salud e higiene.
Necesita estar cómodo con su cuerpo y en paz con su mente. Solo así podrá desarrollar una autoestima sólida que lo sostenga en el camino hacia la adultez.
— Dra. Jany, Pediatra